La huella

20 de julio de 1969: El explorador lunar Eagle se posa en la luna a las 15:17 horas. A las 22:56 (ambas, hora de Houston), Neil Armstrong pisa la arenosa superficie del satélite. Es el primer hombre que deja su huella en la superficie lunar.

Algunas imágenes literarias tienen mas fuerza sobre la imaginación que ciertos hechos históricos, o mejor, la literatura -lo que hemos leído- modifica la percepción de cosas y situaciones que habremos de vivir o presenciar en el futuro. Uno de esos instantes literarios toma forma cuando Robinson Crusoe descubre en la playa de la isla en la que ha naufragado la huella de un pie humano que no es la suya. En ese momento la idea que teníamos de la soledad -la de Robinson y tal vez la nuestra- da un salto mortal. La literatura de carácter realista (o sea, la no fantástica) nunca había registrado con tal hondura el vuelco que da la realidad cuando estamos seguros de que hay alguien inesperado cerca de nosotros.

La novela de Daniel Defoe no sería tan importante, no le habría dado tal altura mítica a su protagonista, si no fuera por ese instante, por esa huella en la playa que queda grabada en la mente del lector para que nunca más pueda olvidarla. Sólo por llegar a esa página magistral, por experimentar la emoción que con maestría nos transmite el relato, vale la pena leerlo. Da igual cómo sucedió el naufragio, da igual la manera con que el náufrago reconstruye su mundo, lo verdaderamente importante es que su soledad está acechada, que ya no es, en strictu sensu, su soledad. Si Robinson había vencido la animalidad que un día descubrió en la ciénaga de la isla de Juan Fernández, si había sido capaz de mantenerse como un hombre civilizado, cuando en la siguiente aventura salva a Viernes de sus captores, la relación que nace entre los dos trastocará el sistema de valores que con infinita paciencia había ido montando en su supuesta soledad. Este hecho ha c onducido a muchos lectores, e inclusive a algunos novelistas, a suponer que el verdadero protagonista de la novela es el tal Viernes, el nativo que dejó su huella en la playa, y que el verdadero tema del relato no es la soledad sino la amistad. Michel Tournier, para no ir más lejos, en la que tal vez sea su novela más brillante, reescribió la historia de Crusoe a partir de su inesperado acompañante, la tituló Viernes o los limbos del pacífico porque es el indígena quien tiene la determinación de poner al desnudo los sentimientos de Crusoe, quien puede revelarle lo que su Biblia y su sentido común no le habrían enseñado jamás. Desde entonces, la huella de un pie humano tuvo un poder simbólico -tan mítico como el mismo Robinson- que nos trastorna y nos permite tener una percepción de la amistad que antes ignorábamos.

Cuando hace 39 años vi por televisión la huella que la bota de Neil Armstrong dejaba sobre la superficie lunar, inmediatamente me acordé de la escena de Robinson Crusoe a la que he hecho alusión. Quienes habíamos leído Los primeros hombres en la luna, la novela de H. G. Welles, esperábamos que inmediatamente apareciera un selenita con cuerpo de hormiga gigante, se le echara encima al terrícola invasor, y lo pusiera de patitas en la calle.

Sin embargo, la imagen de aquella huella cambió sorpresivamente mi percepción, y empecé a pensar en lo que los posibles habitantes de la luna sentirían cuando descubrieran la huella de esa bota. ¿Para ellos, también, la percepción del mundo cambiaría tanto como cambió la de Robinson Crusoe en el momento que supo que había otro hombre en su isla? De repente el misterio ya no consistía en si éramos nosotros, los terrícolas, quienes descubríamos que había otros habitantes en el sistema solar, sino que esos seres se dieran cuenta de que nosotros habíamos llegado hasta donde ellos habitaban.

Tengo que reconocer que, después de tanto tiempo, aquella escena sigue impactándome sobremanera, no por el valor científico de la aventura de los cosmonautas estadounidenses, sino por el significado literario que la escena -la huella de Armstrong- ha alcanzado con el tiempo, sobre todo por estar asociada a la memorable escena de la novela de Daniel Defoe, que hizo trizas la idea de soledad que tuvimos hasta ese momento.