José Emilio

6 de mayo de 2009: Se le otorga a José Emilio Pacheco el Premio de poesía Reina Sofía, el más importante de la lengua española.
Leí por primera vez a José Emilio Pacheco hace 40 años, en la primavera del año 69, cuando cayó en mis manos su novela Morirás lejos. Recién habíamos salido del movimiento estudiantil y como la resaca de la represión duraba en todos nosotros, buscábamos asideros para anclar nuestras esperanzas. La novela había sido publicada un año y medio antes, en noviembre del 67, había obtenido una rápida popularidad y ya pintaba para convertirse en lo que es ahora: un clásico de la literatura mexicana.

No la leí de un tirón (creo que es imposible, por los enormes vericuetos de su mundo narrativo) pero durante los días en que la tuve en mis manos, viví cautivado con el mundo que ponía frente a mis ojos, y tenía la impresión de que mi propio espacio iba de la ventana del narrador, al hormiguero que ve el protagonista obsesivamente, a las historias -la de los nazis, entre otras- que emblematizan la narración. En cierta forma, Morirás lejos había hecho su fama a la sombra de otra novela con la que guarda más de una semejanza, Cambio de Piel, de Carlos Fuentes, que en aquel año del 67 había obtenido el Premio Biblioteca Breve, trasunto que quizás explicara por qué la novela de José Emilio tardó tanto en viajar al extranjero. Yo no conocía a ninguno de los dos, y nunca hubiera soñado con ser su amigo, lo mío era puro apego de lector recién entrado a la juventud conflictiva que nos tocó vivir al final de los sesenta, juventud que de no ser por obras como las de Pacheco, probablemente hubiera naufragado en la mediocridad en la que el Gobierno nos quería hacer caer.

Una década después fui a estudiar a la Universidad de Cambridge en Inglaterra, y, cursos aparte, me invitaron a formar parte de un grupo de lectura que pretendía acercarse a las novedades editoriales iberoamericanas. Rápidamente sugerí que leyéramos Morirás lejos, temiéndome que no era un buen principio, pues me iban a decir que ellos hablaban de novedades, y que yo salía con una novela publicada más de diez años atrás. Para mi sorpresa, nadie conocía el prodigioso libro, y las referencias que cada uno tenía de José Emilio eran más bien vagas. Le pedí a mi padre que me enviara 10 ejemplares, de los cuales sólo recibí los 4 ó 5 que papá tuvo que comprar en diferentes librerías, pues la novela había agotado su primera edición. Nos repartimos aquellos ejemplares entre los miembros del grupo, y discutimos la novela un mes después, cuando aquellos pocos ejemplares habían circulado entre todos. Recuerdo una sesión agitada, con muchos comentarios, y una conclusión generalizada: acabábamos de leer una obra maestra. Yo estaba feliz, había logrado que mis compañeros de lectura entraran en el mundo de Pacheco, mundo que estoy seguro, nunca más han abandonado.

Para entonces había leído casi todos los libros de José Emilio, y me había aficionado no sólo a su narrativa, poesía, ensayos y notas periodísticas, sino también a sus traducciones, que me tenían igualmente deslumbrado. Entre otras, había leído una y otra vez De Profundis, la larga carta que Oscar Wilde le dirigió a Lord Alfred Douglas desde la cárcel, no sólo por la excelente versión española de la prosa de Wilde, sino por las largas notas de Pacheco, que constituyen en sí mismas un texto aparte, y que pueden ser consideradas como un luminoso ensayo sobre la tristeza y la melancolía.

Muchas veces desde aquella experiencia en Cambridge me ha pasado lo mismo cuando comento la obra de José Emilio. Me doy cuenta de que es un autor que suscita gran entusiasmo en México, pero que en el exterior es un autor de culto, al que conocen pocas personas, pero a quien rápidamente se aficionan cuando tienen acceso a cualquiera de sus libros. No me extraña, por ello, que le hayan otorgado el Premio Reina Sofía de Poesía, pues se lo debieron haber concedido hace muchos años, pero no puedo negar que al recibir la noticia volvió a mi mente aquella discusión con mi grupo de lectura, y pensé que tenga los años que tenga -este año cumple 70-, haya publicado sus libros hace cuarenta, veinte, o diez años, José Emilio es un clásico de la lengua española, cuya visón, estilo, y compromiso, son los de un maestro, y que como él lo ha dicho de otros autores, yo me atrevo a afirmar que Pacheco es, en sí mismo, una literatura.