Mujeres Maravillosas

Para el libro Mujeres Maravillosas (1997) de Guadalupe Loaeza, Sealtiel Alatriste escribió el siguiente prólogo:
El fenómeno literario más comentado de los últimos años es la proliferación de mujeres escritoras y su éxito en todo el mundo; la fama que han adquirido, que, incluso, las ha llevado a desplazar a algunas modelos de las revistas no culturales. Se habla de si su literatura es diferente; de si hay o no una “escritura femenina”; o si las novelistas actuales estan aportando “un tratamiento femenino” a la narrativa, y si ese tratamiento es más rico que el masculino. Con todo lo que se diga, me parece una discusión falsa e inútil; primero, porque la escritura no es femenina ni masculina, sino simplemente buena o mala; y segundo, porque la literatura de mujeres, y su éxito consiguiente, no es nuevo, lleva al menos dos siglos.

En su famoso ensayo, Las mujeres y la narrativa (The Forum, 1929; recogido posteriormente en sus Collected Essays), Virginia Wolf se preguntaba por qué las mujeres no produjeron literatura en forma continua antes del siglo XVIII, y por qué, después, escribieron casi tan habitualmente como los hombres, al punto de que “dieron a luz” algunas de las novelas más representativas de la literatura inglesa. No me atañen las respuestas que se da la Wolf a estas interrogantes, sino señalar, con ella, que a partir de mil setecientos noventa y tantos, cuando se publican las primeras novelas de Jane Austen, la literatura escrita por mujeres es tan frecuente y cotidiana como la escrita por hombres. El fenómeno no se reduce a Inglaterra (aunque aquel país fuera el más representativo), pues de manera paulatina se generalizó en toda Europa, y, para mediados del siglo XIX, en casi todo el mundo.

Podemos señalar, sin embargo algo novedoso en el boom actual de la literatura femenina, que no esta referido a la escritura sino a la lectura. Hoy en día, debemos reconocerlo, hay muchas más lectoras que lectores, y son estas lectoras las que están revolucionando la literatura: después de todo (como Borges demostró hasta la saciedad) la literatura es mucho más un arte derivado de la lectura que de la escritura. No creo que lo importante sea la cantidad de lectoras, sino la calidad de su lectura, y aquí sí, me atrevería a afirmar, el punto de vista y la sensibilidad femeninas son determinantes. Por otro lado (no se si como consecuencia de esta sensibilidad), hay un ingrediente especial, y si se quiere nuevo, en las lectoras actuales: están mucho más interesadas en lo que escriben las mujeres que en lo que escriben los hombres; de ahí, quizá el resurgimiento de ciertas escritoras que estaban prácticamente olvidadas, como la ya citada Jane Austen, Charlotte Brönte o la misma sor Juana, para nombrar a alguien de nuestro ámbito.

Este gusto, esta moda, no actualiza una costumbre del pasado sino que es un fenómeno reciente. Es sabido, por ejemplo, que una buena parte de los lectores de los folletines de Dickens eran mujeres; y que el público que llenaba los corrales de comedia, donde se representaban con éxito descomunal las obras de Lope de Vega, también era femenino; de la misma manera, una buena parte de los espectadores del shakespereano Globe Theatre eran mujeres, y no por ello lady Macbeth fue más aclamada que Hamlet o Romeo. Ese público, esas lectoras parecían más interesadas en lo que escribían los masculinos que los femeninos. De la misma forma, cuando las mujeres empezaron a escribir de manera cotidiana, no parece que fueran más aceptadas por el público de su sexo, sino, al contrario, pareciera ser que los hombres las leían con más cuidado. Sin embargo, muy pocos han prestado atención al fenómeno de las espectadoras, de las lectoras, y la discusión se ha enfocado a “las artistas”.

Me llama la atención, por ejemplo, la cantidad de alegatos que se han escrito a lo largo del siglo a favor de las mujeres escritoras (varios de la misma Virginia Wolf) y ninguno a favor de las lectoras. La discusión literaria gira en torno a si existe o no una escritura femenina, dejando de lado si las mujeres leen de manera distinta a los hombres. ¿Es relevante que sea una mujer la que juzgue la locura del Quijote? ¿Les gusta más el pragmatismo de Sancho que el idealismo de don Alonso Quijano; o es al revés? ¿Ven las mujeres algo en madame Bovary que los hombres no alcanzamos a descubrir? Esto me lleva a pensar que, en términos de escritura, siempre hemos creído que el punto de vista femenino es diferente del masculino, pero cuando llevamos la discusión al ámbito de la lectura pensamos que las lectoras son iguales que los lectores; o sea, que da lo mismo que una mujer lea, digamos a Isabel Allende, a que la lea un hombre, y, sin embargo, hay quienes piensan que La casa de los espíritus (la genial novela de la Allende) sería muy distinta si la hubiera escrito un varón. Ésta es, sin duda, una de las mayores falacias del mundo literario contemporáneo. Aunque este punto tiene mucha tela de donde cortar, no quiero perderme: estábamos preguntándonos por que hay más mujeres lectoras, y sobre todo, por qué están más interesadas en lo escrito por las mujeres que en lo escrito por los hombres. Trataré de aventurar (pues lo que se me ocurre es sólo eso, una aventura) algunas respuestas.

Primero que nada, no creo en el argumento de que hay más lectoras que lectores porque las mujeres tienen más tiempo libre que los hombres. Estoy del lado de todas aquellas que dicen que la jornada de trabajo femenino es, al menos, tan extenuante como la del masculino. No, creo que las mujeres tienen ahora un hábito por la lectura que los hombres han perdido, pues, si a tiempo nos atenemos, ambos, hombres y mujeres, lo tienen saturado por igual.

Me parece que una de las formas de enfocar el problema sería aceptando que las mujeres encuentran algo en la lectura que los hombres ya no encuentran; o, dicho de otra manera, que lo que actualmente se preguntan las mujeres encuentra respuestas en la lectura, mientras que lo que se preguntan los hombres tiene respuestas en otras actividades. Si esto es cierto, creo que se debe a la necesidad de imaginar que tienen unos y otros, y, sin duda, las mujeres estan inmersas en los procesos imaginativos de una manera más intensa que los hombres. Esto es obviamente, una generalización, y como toda generalización cojea por el lado de las particularidades: seguramente se me podrán citar a muchos hombres preocupados por imaginar un mundo nuevo, y quiza, más preocupados que muchas mujeres, pero no me refiero a esos casos, sino a los hombres y mujeres considerados en bola, y, en estas consideraciones, estoy convencido, las mujeres están afanadas en encontrar, en imaginar, ese mundo nuevo.

Cuando digo imaginar, no me refiero a “fantasear”, ni siquiera a “inventar”, sino que trato de señalar esa facultad específica que en momentos clave nos permite descubrir realidades ocultas, que nos indica la solución “real” de muchos problemas, y nos enseña que hay algo donde parecía que no había nada; en fin, quiero recalcar esa facultad del alma, por llamarla así, que descubre las entretelas de la realidad, o incluso, que hace surgir nuevas realidades frente a nosotros. Voy a poner un ejemplo que a muchos les podrá parecer una barbaridad: cuando Newton vio caer del árbol la famosa manzana (que según algunos comics lo hizo gritar “Eureka”) imaginó la fuerza de gravedad, y después, sólo después, de imaginarla, la dedujo y demostró. Estoy convencido que eso que se llama revelación, es, en realidad, el acto “imaginativo” por excelencia.

En este sentido, al cabo de años de luchas feministas, de discusiones sobre el papel de la mujer, de justísimas campañas por defender sus derechos, las mujeres han arribado a una circunstancia: en un entorno más o menos justo y equilibrado (no estoy insinuando que las diferencias se hayan terminado, pero es evidente que se han mitigado, y, al menos en lo legal, se tiende a reconocer la igualdad de hombres y mujeres para terminar con lo que se llama “sociedad machista”), en un entorno más justo, repito, parece ser que las mujeres tienen necesidad de “imaginar” cual será su participación, en esa nueva sociedad; no una participación en contra de los hombres, sino una participación definida, sin ambages, como femenina, cuyo referente sea (si esto existe) lo femenino.

¿Pero qué tiene que ver la imaginación con la lectura?, se preguntarán ustedes. Mucho, en verdad, mucho. En un famoso discurso, el doctor José Sarukhán, uno de nuestros más eminentes biólogos, aseguró que corríamos mucho más peligro dejando de leer que dejando de producir libros (aunque esto último condujera a lo primero). Trataba de señalar que a pesar de que tuviéramos todos los libros del mundo, el peligro radicaba en no leerlos, y afirmo que estaba demostrado que leer era el mejor ejercicio para el cerebro. Yo he parodiado muchas veces esta afirmación, diciendo que el exrector de la Universidad Nacional dice que leer es como poner a las neuronas a hacer aerobics. Más allá de la broma, creo que es una afirmación trascendente, de la que podríamos concluir que un grupo de lectores ejercita sus facultades cerebrales mucho más que uno de no lectores. Entre estas facultades, me parece, la de “imaginar” ocupa un lugar predominante. Quien lee está mucho más capacitado para imaginar su mundo que quien no lee. La lectura lleva a los individuos, hombres o mujeres, a imaginar soluciones a sus problemas. Vamos, los lectores son más creativos que los no lectores. La expresión “soluciones imaginativas” se refiere precisamente a esto, a la necesidad de imaginar nuevas respuestas para viejos problemas.

Entonces, si hay más lectoras, nuestro mundo está depositando la imaginación en las mujeres, y son ellas las que están “imaginando” las soluciones actuales para los problemas de siempre. Repito, ésta es una generalización que adolece de todas las fallas de las sempiternas generalizaciones, pero me conduce sin mayores problemas a la segunda cuestión: las mujeres están más interesadas en los libros escritos por mujeres porque tienen necesidad de imaginar el mundo a partir de ellas mismas, imaginarlo desde eso que se ha dado en llamar “punto de vista femenino”. No pienso que esto se reduzca a los libros, pues en todos los campos las mujeres parecen mucho más interesadas en las mujeres que en los hombres: les gustan más las locutoras que los locutores, las artistas que los artistas, las periodistas que los periodistas, las deportista que los deportista, etcétera. Ojo no estoy hablando de preferencias sexuales ni mucho menos; esto no pasa por el sexo, ni siquiera por la sexualidad, aunque quizá sí por el erotismo, pero esto es harina de otro costal, por lo pronto, conformémonos con aceptar que las mujeres están simplemente más interesadas en las mujeres.

Guadalupe Loaeza es buena prueba de lo que estoy diciendo. Lupe ha escrito, sobre diversas mujeres, textos en los que da cuenta de su admiración; de su pasión por cada una de sus biografías; del inmenso cariño que les tiene; de todo lo que la han inspirado, de la ternura infinita que le provocan; de lo mucho que han significado para el mundo y para su mundo. Aún más, en su conjunto, en sus libros, pretende crear un universo femenino; o, mejor, descubrir el universo a partir de lo femenino; desentrañar de la historia, por ejemplo, lo que ha significado la participación de muchas mujeres, célebres y no célebres, y como la sensibilidad de las protagonistas ha jugado un papel central en diversos aconteceres, al mismo tiempo., quiere desmitificar ciertos lugares comunes, como aquél que dice que atrás de todo gran hombre hay una gran mujer; si acaso, Lupe pareciera decirnos que delante de toda gran mujer a veces hay un hombre. Pero no solamente son las mujeres objeto de su atención, sino lo valores específicamente femeninos que tiene sus biografías: su atención, su interés, se centra en descubrir la riqueza que entraña el mundo femenino, sus costumbres, sus vicios, sus muchas frivolidades, su riquísima intuición, su innegable entereza. No se crea por esto que estoy diciendo que estamos ante un libro “feminista”, al menos en el sentido tradicional; no, estos textos están inscritos en el proceso imaginativo que quise describir anteriormente. No se piense tampoco, que es un libro “contra lo masculino”, pues más bien pretende, por la vía afirmativa, dar cuenta de lo íntimamente femenino con relación a sí mismo. No hay vuelta que darle, es un libro de una mujer fascinada por las mujeres.

Más que de sus méritos (que el lector ya tendrá oportunidad de comprobar), me gustaría destacar dos cosas: la forma en cómo Guadalupe Loaeza ha agrupado sus textos, y el curioso estilo biográfico epistolar de alguno de ellos. Los textos se han agrupado no por el tipo de mujer sobre el que la autora escribe, sino por el calificativo que les impone; así, no es importante la actividad a la que se hayan dedicado las biografiadas, sino cómo las percibe la autora: Eleanor Roosevelt y Jackeline Bouvier vienen juntas, no porque compartan la condición de cónyuges de dos famosos presidentes de los Estados Unidos, sino porque ambas son “mujeres fuertes”. De la misma forma, Danielle Mitterrand no se encuentra junto a ellas, a pesar de haber sido la esposa del presidente Mitterrand, pues el calificativo de “solidaria” le va más al pelo, y por ello se le ubica al lado de algunas esposas y novias de famosos narcos, que destacan, no por su evidente falta de honradez, sino por la más evidente “solidaridad”, que les ha permitido llevar el tipo de vida al que las han obligado sus amores. Lo que resulta sumamente curioso en la elección de los grupos son los adjetivos con que se definen a las protagonistas –fuertes, solidarias, valientes, singulares-, que van adquiriendo con la lectura un carácter vivamente femenino, y uno tiene la sensación de que esos adjetivos (algunos de ellos considerados antiguamente tan masculinos) van conformando eso que es tan difícil de aprehender, de apreciar, de cercar: lo femenino.

Del estilo, tengo que decir que me seduce profundamente el recurso epistolar de Guadalupe, y su continuo uso de supuestas cartas de sus biografiadas. En el caso de Eva Perón, por ejemplo, se introduce una carta en la que Evita comunica a su mamá que ha ingresado como locutora a una famosa radiodifusora bonaerense; la carta (si no lo es, parece inventada con toda impunidad por Lupe) le da a esa biografía un carácter íntimo, interior, casi cariñoso, que nos permite avistar la vida de Eva Duarte de Perón como si la estuviéramos compartiendo desde dentro; como si Guadalupe nos hubiera introducido de incógnito en su guardarropa, y ahí, de lo más cómodos, nos contara la vida de la famosa Evita. El estilo epistolar a veces toma la forma de un diario que la protagonista ha llevado, como en el caso de Grace Kelly; diario, no hace falta decirlo, tan imaginado como muchas de las cartas. Finalmente, me rindo ante las misivas que Lupe dirige a las mujeres que admira; es como si quisiera contarles a ellas, a sus biografiadas, su propia vida, para que éstas comprendan por qué las admira tanto, por qué su vida es tan singular, o por qué es tan trascendente su valentía o solidaridad.

Estoy convencido de que Guadalupe Loaeza está en el umbral de descubrir, de imaginar, nuevas posibilidades narrativas para el género epistolar, pero, por lo pronto, sus cartas, todas estas biografías, me han permitido ver las muchas facetas del mundo femenino; mundo que esta mujer, Guadalupe Loaeza, me ha desnudado, y me ha permitido columbrar una posible respuesta al inquietante interés que las mujeres sienten por las mujeres. No voy a adelantar ninguna respuesta, porque espero que los lectores, al final de estas páginas entretenidas, aleccionadoras, cautivantes, encuentren las propias, pero sí voy a decir que estas biografías han construido un puente nuevo para entender mi propia fascinación por las mujeres.

José Emilio

6 de mayo de 2009: Se le otorga a José Emilio Pacheco el Premio de poesía Reina Sofía, el más importante de la lengua española.
Leí por primera vez a José Emilio Pacheco hace 40 años, en la primavera del año 69, cuando cayó en mis manos su novela Morirás lejos. Recién habíamos salido del movimiento estudiantil y como la resaca de la represión duraba en todos nosotros, buscábamos asideros para anclar nuestras esperanzas. La novela había sido publicada un año y medio antes, en noviembre del 67, había obtenido una rápida popularidad y ya pintaba para convertirse en lo que es ahora: un clásico de la literatura mexicana.

No la leí de un tirón (creo que es imposible, por los enormes vericuetos de su mundo narrativo) pero durante los días en que la tuve en mis manos, viví cautivado con el mundo que ponía frente a mis ojos, y tenía la impresión de que mi propio espacio iba de la ventana del narrador, al hormiguero que ve el protagonista obsesivamente, a las historias -la de los nazis, entre otras- que emblematizan la narración. En cierta forma, Morirás lejos había hecho su fama a la sombra de otra novela con la que guarda más de una semejanza, Cambio de Piel, de Carlos Fuentes, que en aquel año del 67 había obtenido el Premio Biblioteca Breve, trasunto que quizás explicara por qué la novela de José Emilio tardó tanto en viajar al extranjero. Yo no conocía a ninguno de los dos, y nunca hubiera soñado con ser su amigo, lo mío era puro apego de lector recién entrado a la juventud conflictiva que nos tocó vivir al final de los sesenta, juventud que de no ser por obras como las de Pacheco, probablemente hubiera naufragado en la mediocridad en la que el Gobierno nos quería hacer caer.

Una década después fui a estudiar a la Universidad de Cambridge en Inglaterra, y, cursos aparte, me invitaron a formar parte de un grupo de lectura que pretendía acercarse a las novedades editoriales iberoamericanas. Rápidamente sugerí que leyéramos Morirás lejos, temiéndome que no era un buen principio, pues me iban a decir que ellos hablaban de novedades, y que yo salía con una novela publicada más de diez años atrás. Para mi sorpresa, nadie conocía el prodigioso libro, y las referencias que cada uno tenía de José Emilio eran más bien vagas. Le pedí a mi padre que me enviara 10 ejemplares, de los cuales sólo recibí los 4 ó 5 que papá tuvo que comprar en diferentes librerías, pues la novela había agotado su primera edición. Nos repartimos aquellos ejemplares entre los miembros del grupo, y discutimos la novela un mes después, cuando aquellos pocos ejemplares habían circulado entre todos. Recuerdo una sesión agitada, con muchos comentarios, y una conclusión generalizada: acabábamos de leer una obra maestra. Yo estaba feliz, había logrado que mis compañeros de lectura entraran en el mundo de Pacheco, mundo que estoy seguro, nunca más han abandonado.

Para entonces había leído casi todos los libros de José Emilio, y me había aficionado no sólo a su narrativa, poesía, ensayos y notas periodísticas, sino también a sus traducciones, que me tenían igualmente deslumbrado. Entre otras, había leído una y otra vez De Profundis, la larga carta que Oscar Wilde le dirigió a Lord Alfred Douglas desde la cárcel, no sólo por la excelente versión española de la prosa de Wilde, sino por las largas notas de Pacheco, que constituyen en sí mismas un texto aparte, y que pueden ser consideradas como un luminoso ensayo sobre la tristeza y la melancolía.

Muchas veces desde aquella experiencia en Cambridge me ha pasado lo mismo cuando comento la obra de José Emilio. Me doy cuenta de que es un autor que suscita gran entusiasmo en México, pero que en el exterior es un autor de culto, al que conocen pocas personas, pero a quien rápidamente se aficionan cuando tienen acceso a cualquiera de sus libros. No me extraña, por ello, que le hayan otorgado el Premio Reina Sofía de Poesía, pues se lo debieron haber concedido hace muchos años, pero no puedo negar que al recibir la noticia volvió a mi mente aquella discusión con mi grupo de lectura, y pensé que tenga los años que tenga -este año cumple 70-, haya publicado sus libros hace cuarenta, veinte, o diez años, José Emilio es un clásico de la lengua española, cuya visón, estilo, y compromiso, son los de un maestro, y que como él lo ha dicho de otros autores, yo me atrevo a afirmar que Pacheco es, en sí mismo, una literatura.

La huella

20 de julio de 1969: El explorador lunar Eagle se posa en la luna a las 15:17 horas. A las 22:56 (ambas, hora de Houston), Neil Armstrong pisa la arenosa superficie del satélite. Es el primer hombre que deja su huella en la superficie lunar.

Algunas imágenes literarias tienen mas fuerza sobre la imaginación que ciertos hechos históricos, o mejor, la literatura -lo que hemos leído- modifica la percepción de cosas y situaciones que habremos de vivir o presenciar en el futuro. Uno de esos instantes literarios toma forma cuando Robinson Crusoe descubre en la playa de la isla en la que ha naufragado la huella de un pie humano que no es la suya. En ese momento la idea que teníamos de la soledad -la de Robinson y tal vez la nuestra- da un salto mortal. La literatura de carácter realista (o sea, la no fantástica) nunca había registrado con tal hondura el vuelco que da la realidad cuando estamos seguros de que hay alguien inesperado cerca de nosotros.

La novela de Daniel Defoe no sería tan importante, no le habría dado tal altura mítica a su protagonista, si no fuera por ese instante, por esa huella en la playa que queda grabada en la mente del lector para que nunca más pueda olvidarla. Sólo por llegar a esa página magistral, por experimentar la emoción que con maestría nos transmite el relato, vale la pena leerlo. Da igual cómo sucedió el naufragio, da igual la manera con que el náufrago reconstruye su mundo, lo verdaderamente importante es que su soledad está acechada, que ya no es, en strictu sensu, su soledad. Si Robinson había vencido la animalidad que un día descubrió en la ciénaga de la isla de Juan Fernández, si había sido capaz de mantenerse como un hombre civilizado, cuando en la siguiente aventura salva a Viernes de sus captores, la relación que nace entre los dos trastocará el sistema de valores que con infinita paciencia había ido montando en su supuesta soledad. Este hecho ha c onducido a muchos lectores, e inclusive a algunos novelistas, a suponer que el verdadero protagonista de la novela es el tal Viernes, el nativo que dejó su huella en la playa, y que el verdadero tema del relato no es la soledad sino la amistad. Michel Tournier, para no ir más lejos, en la que tal vez sea su novela más brillante, reescribió la historia de Crusoe a partir de su inesperado acompañante, la tituló Viernes o los limbos del pacífico porque es el indígena quien tiene la determinación de poner al desnudo los sentimientos de Crusoe, quien puede revelarle lo que su Biblia y su sentido común no le habrían enseñado jamás. Desde entonces, la huella de un pie humano tuvo un poder simbólico -tan mítico como el mismo Robinson- que nos trastorna y nos permite tener una percepción de la amistad que antes ignorábamos.

Cuando hace 39 años vi por televisión la huella que la bota de Neil Armstrong dejaba sobre la superficie lunar, inmediatamente me acordé de la escena de Robinson Crusoe a la que he hecho alusión. Quienes habíamos leído Los primeros hombres en la luna, la novela de H. G. Welles, esperábamos que inmediatamente apareciera un selenita con cuerpo de hormiga gigante, se le echara encima al terrícola invasor, y lo pusiera de patitas en la calle.

Sin embargo, la imagen de aquella huella cambió sorpresivamente mi percepción, y empecé a pensar en lo que los posibles habitantes de la luna sentirían cuando descubrieran la huella de esa bota. ¿Para ellos, también, la percepción del mundo cambiaría tanto como cambió la de Robinson Crusoe en el momento que supo que había otro hombre en su isla? De repente el misterio ya no consistía en si éramos nosotros, los terrícolas, quienes descubríamos que había otros habitantes en el sistema solar, sino que esos seres se dieran cuenta de que nosotros habíamos llegado hasta donde ellos habitaban.

Tengo que reconocer que, después de tanto tiempo, aquella escena sigue impactándome sobremanera, no por el valor científico de la aventura de los cosmonautas estadounidenses, sino por el significado literario que la escena -la huella de Armstrong- ha alcanzado con el tiempo, sobre todo por estar asociada a la memorable escena de la novela de Daniel Defoe, que hizo trizas la idea de soledad que tuvimos hasta ese momento.