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Esta es la historia de un amor que no por comenzar como una furiosa atracción sexual es, a la postre, menos sublime o melodramático. Siendo el narrador amigo del protagonista−incapaz por esta misma condición de compadecerse o apiadarse de él−, el acoso de Marina Campollo de Achondo aparece como una sucesión de lances sexuales regocijantez −para quien no los padece, por supuesto−, siempre interrumpidos a punto de su culminación. El encuentro decisivo, con la satisfacción plena de todas las expectativas a que el diferimiento autoriza, es el preludio a una separación aún más cruel que aquel suplicio de Tántalo, y la desolación del héroe prepara un reencuentro de apoteosis y un final trágico.

Quien sepa de amores es la segunda de una trilogía de novelas no seriadas −la primera es Por vivir en quinto patio (1985)− que bajo el título genérico de "Cineteca Nacional" se propone recuperar para la literatura el ancho caudal de imágenes, mitos y conductas de la canción románticas y la época de oro del cine, asumidos como señal de identidad por una generación de límites imprecisos. La apuesta narrativa −acción ininterrumpida y tono desenfadado que encubren la exploración del sentimiento trágico de la vida− prueba una vez más su robustez.
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